sábado, abril 14, 2007

Crítica: Humo

Director: Juan Carlos Rubio
Intérpretes: Juan Luis Galiardo, Kiti Mánver, Gemma Giménez, Bernabé Rico


Le damos un 7,5

Tras una apariencia de comedia ligera se esconden interesantes guiños a lo innato al ser humano: mentiras encadenadas, adicciones y secretos que dejan de serlo.

Toda conferencia es una obra de teatro así que ¿por qué no llevar al escenario las habladurías de la vida real? Seguro que están pensando en el lado peyorativo de estos chismes, pero no vamos por ahí.

Juan Luis Galiardo, perdonen, el personaje al que da vida durante un par de horas, vende humo, es decir, ilusiones. Aunque claro, si te las presentan desde un púlpito, cuesta no caer presa de este timo consentido. Así comienza un decálogo de intenciones personal que acaba en un ring con dos púgiles a través de los cuales nos reímos de nuestro patetismo.

A veces crees que ciertas obras no tienen secretos para ti y por mucho que te digan que hay donde rascar, tus uñas permanecen intactas al final de la representación. Humo puede pertenecer a este grupo pero algo ocurre en un momento determinado, algo que rompe nuestros esquemas: la maquiavélica mente del autor estaba funcionando desde el principio.

Juan Carlos Rubio huye de lo predecible, aunque siendo más exactos, lo intenta y a veces lo consigue. Es de agradecer que dramaturgos como él no nos traten como espectadores que se tragan todo lo que les echen, sino como copilotos en el viaje que se inicia sobre las tablas. Expuestos los planteamientos se suceden los cambios en la acción, giros que no desvelaremos para no destripar el chiste –que de gracioso tiene poco, porque tras el tono cómico se esconde una dura realidad-.

El enfrentamiento dialéctico entre Juan Luis Galiardo y Kiti Mánver conlleva que la tensión cobre fuerza para luego deshincharse. La presencia del galán –la etiqueta le seguirá de por vida- nos impide ver al personaje, algo parecido ocurre con la actriz malagueña. Los dos cómicos tienen tablas suficientes para afrontar este desafío y cualquier otro, pero al trazar unos personajes estándar, no planos pero sí un tanto previsibles, no consiguen lucirse del todo.

El montaje, apoyado en soluciones audiovisuales y sencillos cambios de escena, combina la acción dramática con el coloquio con el público. Todos participamos de las conferencias que dictan los personajes protagonistas, aprehendemos las cifras y las consecuencias negativas del vicio más extendido en nuestra sociedad. Acudir a los terrenos más cercanos a nosotros ayuda a Juan Carlos Rubio a conectar con más facilidad y no, no hablamos del acto de fumar, sino de nuestra insatisfacción corriente, el sentimiento de soledad y la mentira perenne en la que estamos inmersos.

Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.

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